Maquiavelo y la necesidad de que el Príncipe sea considerado

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Enrique Alí González Ordosgoitti[1]

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Niccolò Machiavelli, florentino nacido en 1469 y muerto en 1527, escribió su más famosa obra “El Príncipe”[3] en 1513, es decir un autor que cabalgó entre el siglo XV y el siglo XVI y que escribió un libro hace quinientos años y cuya actualidad es tan vital, que pudiera haber sido escrito este año por un autor con estilo literario –a propósito, por veleidades de gusto y diferencia- renacentista.

 

Se ha dicho –por quienes saben de eso- que Maquiavelo es historicista y a la vez naturalista. De lo primero no hacen reparos pues es evidente que Maquiavelo se sirvió de la historia europea –especialmente de la de Aragón y Castilla- para hilvanar sus reflexiones sobre el Príncipe, por lo que incluso podríamos quizás decir, que las mismas se inscriben en la senda de la filosofía de la historia.

 

De lo segundo su carácter naturalista, es una afirmación polémica para muchos pues se considera que el supuesto del cual parte Maquiavelo, de que la naturaleza humana es igual y única en el tiempo y que por tal razón pudiera estar justificado el de dividirlas –desde el punto de vista del ejercicio del poder- en aquellos individuos que tienen don de mando (los Príncipes o Jefes de la ciudad) y aquellos que aspiran  sólo al orden y a la seguridad (los “naturalmente súbditos”), es una premisa que no ha sido demostrada y que carece de sustentación.

 

Pero a pesar de que pueda ponerse en duda, la excesiva simplificación de dividir la naturaleza política humana en príncipes y súbditos, algo de cierto y permanente hay en la obra referido al mantenimiento y ejercicio del poder por parte del Príncipe, que la misma sigue teniendo un gran poder de atracción aún hoy sobre las mentalidades modernas. Quizás pudiéramos establecer un paralelo con la obra del chino Sunt Tze sobre El Arte de la Guerra, quien al igual que Maquiavelo, reflexionó sobre las vicisitudes de la política y la guerra e hiló un conjunto de comentarios sobre la misma, cuya importancia sigue siendo reconocida en la actualidad.

 

Desde el punto de vista del razonamiento científico o filosófico, no es posible sostener que en ambas obras se haya llegado a describir una naturaleza humana universal, pero la vigencia de ambas como apoyo a la reflexión teórica y práctica, abona en esa dirección y aún más si nos salimos del corset de la razón y accedemos a pensarlas desde el saber del arte (en el sentido original de habilidades humanas), o incluso a compararlos con los textos sagrados de algunas religiones, que han nacido los mismos con vocación de intemporales, a pesar de haber sido escritos en circunstancias geohistóricas concretas.

 

Pensamos que “El Príncipe” así como “El Arte de la Guerra” son textos con vocación intemporal, pues han llegado de manera muy directa a captar las pulsiones (¿nos ayudaría Freud en esto?) que impulsan las actividades humanas en el ejercicio de la política y de la guerra.

 

Con el objetivo de esta exposición, vamos a reflexionar sobre el Capítulo XXI de “El Príncipe”, intitulado “Cómo debe conducirse un Príncipe para adquirir alguna consideración”, pero lo haremos a partir de una cita textual, la cual comentaremos a la libre, como por pulsión:

 

 “Ninguna cosa le granjea más estimación a un príncipe que las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas” (Maquiavelo, 1970: 135)

 

De esta afirmación se desprenden numerosas reflexiones acerca del arte de hacer política. Una de ellas es la diferenciación tajante que debe hacerse entre las tres grandes etapas del poder:

-cuando no se tiene pero se aspira llegar a tenerlo;

-cuando se tiene y se aspira a mantenerlo

-y cuando no se tiene después de haberlo perdido.

 

La cita nos remite al segundo momento, cuando el Príncipe ya está en el poder y entonces su principal problema es cómo mantenerlo, cómo desarrollarlo y cómo no perderlo. Hablamos de mantenerlo, desarrollarlo y conservarlo, como tres momentos analíticos diferentes pero que en la práctica suelen estar entrelazados y en algunos casos hasta podría sostenerse que son inseparables, pues la dinámica del poder impulsa a la búsqueda de más poder, como forma no sólo de desarrollarse sino a la vez para conservarlo.

 

En la conservación del poder juegan dos factores como lo son; la posibilidad de reprimir a los enemigos y la posibilidad de tener contentos a los amigos, actividades que pueden ser comprendidas a la luz de las categorías de Gramsci sobre la hegemonía por la coacción y la hegemonía por el consenso.

 

La cita que comentamos se inscribe en esta última faceta, la de estimular la búsqueda del consenso, pues el Príncipe debe intentar responder la pregunta que sus partidarios se hacen en alta o baja voz ¿para qué lo elegimos Príncipe? Las respuestas pueden variar mucho y con ellas la suerte del Príncipe, pues en cada respuesta está presente –implícita o explícitamente- los lapsos de tiempo que debería durar el Príncipe en su ejercicio.

 

Si la respuesta apunta a decir que el Príncipe fue electo para poder suplantar un vacío de poder circunstancial (como Paniagua en el Perú) o simplemente para poder salir de un Príncipe insoportable ya para la sociedad (como el caso Fujimori contra Alán García, o de Toledo contra Fujimori), la precariedad del poder del Príncipe será evidente y los lapsos de tiempo de su mandato estarán contados, de manera formal (como en el segundo mandato de Caldera) o informal (como Bucaram en Ecuador y Collor de Mello en Brasil).

 

Si por el contrario, la respuesta afirma que el Príncipe fue electo para asumir la conducción de un reino maltrecho y conducirlo hacia la gloria de mayor poderío y prestigio, debe entonces dar muestra de avances en esa dirección y por lo tanto, debe procurar realizar “grandes empresas y acciones raras y maravillosas”. Esta frase esta compuesta por tres elementos que en ningún momento son sinónimos:

-grandes empresas;

-empresas raras

-y empresas maravillosas.

 

Las grandes empresas podrían definirse como aquellas, cuya racionalidad positiva es evidente para toda la sociedad y por ende su capacidad de convocatoria es universal y sólo puede ser dirigida por un Príncipe que adquiera la dimensión de estadista.

 

Al ser definida así, hay que agregar que las acciones de un Príncipe estadista sólo son apreciables en el largo plazo y que sus contemporáneos tienden a incomprenderlas e incluso a rechazarlas.

 

Piénsese que la advertencia de Churchill sobre el militarismo alemán en la década de los treinta, no impidió que Inglaterra eligiera a lord Chamberlain como Primer Ministro y que sólo recurriera a Churchill cuando se dio inicio a la Segunda Guerra Mundial.

 

Recuérdese igualmente la proposición de Bolívar de la creación de Colombia (Venezuela, Nueva Granada y Ecuador) y el rotundo rechazo que provocó, aun cuando hoy se le reconoce la racionalidad utópica positiva de la misma. Por lo tanto sólo contados príncipes pueden dirigir grandes empresas.

 

Esa limitación no la encuentra el Príncipe para dirigir empresas raras, definidas como aquellas empresas para las cuales el cuerpo social no vislumbra la racionalidad implícita en la misma, pero a su vez como no percibe gran daño en la ejecución de ellas, puede acompañarlas pasivamente sin hacer grande oposición a las mismas. Pudiera reflejarse dicha actitud en la frase: “lo que no mata engorda” y tolerarlas, siempre y cuando las otras empresas que acometa el Príncipe, participen de una racionalidad evidente que permita el normal funcionamiento de la sociedad. Pero si este no está garantizado por que la mayoría de las empresas que acomete el Príncipe entran en la categoría de raras, el reino –pasado cierto tiempo- puede empezarse a preguntar si no se habrán equivocado con la elección de ese Príncipe.

 

Valgan los ejemplos de Menem jugando fútbol, o Bucaram cantando rock, o Chávez impulsando los gallineros verticales, la siembra de tomates en las ventanas y balcones de las casas, creando un conuco acuático en los terrenos más caros de Caracas, cantando o jugando béisbol.

 

Sobre las empresas maravillosas, hemos de definirlas como aquellas que escapan a la intencionalidad del Príncipe y que hacen su aparición independientemente de él, bien sean causadas por agentes humanos que no obedecen a sus órdenes o a agentes o condiciones que pudieran ser consideradas divinas.

 

Se trata de empresas aparecidas sin el consentimiento de la voluntad del Príncipe, pero que este debe prontamente intentar colocar a su servicio, de manera tal que la sorpresa que viene aparejada con lo maravilloso, entendido como epifanía histórico social, sea capitalizada a favor de los intereses del Príncipe, colocándose éste en el centro del desarrollo de la empresa, con todo lo terrible que suele ser ésta.

 

Pensemos en el terremoto de 1812 y la prédica de algunos sacerdotes que intentaron presentarlo como consecuencia de los sucesos del 5 de julio de 1811 y la rápida respuesta del Príncipe Bolívar en aquella frase: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca” (si la frase fue dicha o no por Bolívar es intrascendente en este análisis, lo importante es que así fue presentada por los historiadores propagandistas del bando republicano).

 

Pensemos en el terremoto de Nicaragua en plena época somocista, que el dictador intentó utilizar tanto para robar las donaciones internacionales y de esta manera aumentar la fortuna de su familia y de sus cómplices mayores, como para hacer olvidar la opresión que mantenía contra el pueblo nicaragüense y el cada vez mayor empuje del Frente Sandinista, pero con la mala suerte para él, que la comunidad internacional aumentó las denuncias contra su régimen, a la vez que apoyó más resueltamente a la oposición sandinista (recordar el avión con armas enviado por Carlos Andrés Pérez).

 

O veamos la situación maravillosa ocurrida entre el 11 y el 13 de abril de 202:

-el 11 se producen tanto la masacre de Miraflores, como la renuncia de Chávez anunciada por Lucas Rincón y el consiguiente vacío de poder;

-el 12 se da lectura al decreto de Carmona y se genera el intento de golpe de estado llamado “el “Carmonazo” y

-el 13 las fuerzas armadas deciden reponer al Príncipe.

 

Una excelente oportunidad en la cual se evidencia, que cuando el Príncipe sabe cabalgar sobre las empresas maravillosas, su poder se consolida. Otra cosa sucede cuando el Príncipe a falta de grandes empresas, insiste permanentemente en empresas raras, en tales casos sus días de poder están contados, gracias a Dios que a partir de lapsos formalmente establecidos.

 

 

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[1] .-Enrique Alí González Ordosgoitti.

Doctor en Ciencias Sociales, Sociólogo, Folklorólogo, Filósofo, Teólogo, Locutor, Profesor Titular de la UCV, de la Facultad de Teología de la UCAB (2000-2016) y del Instituto de Teología para Religiosos-ITER (1991-2016).

-Co-Creador y Coordinador General -desde 1991- de la ONG Centro de Investigaciones Socioculturales de Venezuela-CISCUVE.

-Co-Creador y Coordinador -desde 1998- del Sistema de Líneas de Investigación Universitaria (SiLIU) sobre Sociología, Cultura, Historia, Etnia, Religión y Territorio en América Latina La Grande.

-Co-Creador y Coordinador -desde 2011- de la Página Web de CISCUVE: www.ciscuve.org

-Para contactarnos: ciscuve@gmail.com@ciscuveciscuve-Facebook; @enagor;  enagor2@gmail.com; Skype: enrique.gonzalez35

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[2] .-Itinerario de este Artículo

1.-Trabajo presentado en la Asignatura “Filosofía Social y Política”, dictada por el Profesor Rafael García (qepd), en el Baccaleurato Filosófico de la Universidad Pontificia de Roma (UPS), cursado en el Instituto de Teología para Religiosos (ITER), Sección de Filosofía, Escuela de Teología, Facultad de Teología, Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), febrero de 2003.

 

2.-Publicado en www.ciscuve.org, el 28 de junio de 2016: http://ciscuve.org/?p=14936

 

[3] .-La obra que utilizaremos será la siguiente: Nicolás Maquiavelo (1970).-El Príncipe (Comentado por Napoleón Bonaparte). Caracas. INCIBA, Colección de Grandes Autores pp. 205

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