Paciencia, paciencia, que faltan pocos días para la resurrección. La Semana Santa desde lo Vivido

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Enrique Alí González Ordosgoitti[i]

 

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Excelente oportunidad nos brinda la Asignatura Antropología Filosófica II, para reflexionar acerca de lo que ha significado para nosotros la vivencia de la Semana Santa a lo largo de nuestra vida, especialmente en la infancia, edad cuando se establecen algunas maneras permanentes de ver el mundo, incluyendo en lugar destacado el mundo religioso.

 

Sólo en tiempos muy recientes tuve acceso a una literatura religiosa especializada, en la que se destacaba la caracterización de la celebración de la Semana Santa, sus cualidades barrocas, su insistencia en la pasión del Jesús histórico, la humanización del Calvario. En fin, la Semana Santa como una de las principales respuestas concebidas por la Reforma Católica en la mística y en la liturgia, frente a la Reforma Protestante, fundamentalmente eclesiológica, bíblica y litúrgica.

 

La comprensión de esos elementos históricos y teóricos quizás me ayude a pensar mi propia práctica a ver si puedo generar un concreto pensado, como diría Marx. En las siguientes líneas hablaré en primera persona, acerca de lo que para mi ha significado y significa la conmemoración de la Semana Santa.

 

I.-

El lugar siempre será la Iglesia Parroquial de El Valle, Caracas, uno de los pocos lugares que pudo sobrevivir al largo terremoto de cinco años, que significó la guerra de la Avenida Intercomunal en contra de todo el casco histórico de la Parroquia, llevada a cabo por los Gobiernos de Leoni y de Caldera, en la década de los sesenta del siglo pasado.

 

En el Barrio Zamora sabíamos que había un ordenamiento natural del tiempo y que todo comenzaba entre finales de noviembre y principios de diciembre. Al principio ese indicio sólo era anunciado por los aguinaldos y parrandas, grupos como el Tucusito pidiendo que los llevaran a cortar las flores u otros vociferando fuego al cañón, constituían prueba empírica del comienzo de las festividades de Navidad y Año Nuevo. Luego esos indicios comenzaron a convivir paralelamente con las gaitas maracuchas y grupos como el Zamugay, sirvieron de puerta de entrada para que los recién llegados a la ciudad, también contribuyeran en el esfuerzo por nacionalizar las músicas regionales, al igual como las guerras civiles del siglo XIX habían contribuido a nacionalizar a las gentes de diversas regiones, la fuerza de las mezclas hacía nuevamente su aparición, pero sin sangre, como le correspondía a una sociedad que se había inoculado los antivirus de la democracia, las expectativas positivas del desarrollo y ascenso social y el optimismo hacia el futuro.

 

El desenlace de esos tiempos reposaba en el guión elaborado por la sociedad de entonces, vista desde la primera juventud, que al oír el grito de partida pronunciado por los aguinaldos, parrandas y gaitas, se sabía que le continuaría el de las Misas de Aguinaldo y las patinatas al aire libre de las calles de medianoche y amanecidas. Hasta el 16 de diciembre, el alto lo daba el aniversario de la muerte del Libertador el día 17, día de empezar a preparar el próximo ciclo que debería terminar el 25.

 

A partir del 18, las fiestas y el ambiente gozoso aumentaban para los miembros de todas las edades, la Navidad era el punto pico cuan más se sabía que después de el, todo seguiría continuando, pues la fiesta lo que hacía era subir, para continuar subiendo hasta la cima del 31, cuando el sumum de las expectativas positivas hacían ver las calles de colores anaranjados en las noches más noches y todos los dolores desaparecían, desprendidos corrían aguas abajo por el río que convertido en año anterior se alejaba cada vez mas de prisa, hasta estar a punto de haberse borrado en el mar lejano de la sin memoria, cuando en un último intento por dejar algún recuerdo el Almirante del barco Venezuela ordenaba por los altavoces: ¡faltan cinco pa´las doce! Y ahí sí, una infinita ola de nostalgia nos abatía y sumergía y nos hacía encontrar con los familiares idos, con los empleos, estudios y oportunidades perdidas; con las promesas incumplidas; con las novias que nunca fueron y con las que fueron y se fueron. Néstor Zavarce siempre ha sido un faro hacia el pasado. Pero el sol salía a las doce y un minuto, los abrazos nos volvían a nacer, vestidos, con experiencias, pero con un inmenso y gigantesco optimismo infantil cuya euforia nos volvía invencible hasta el amanecer.

 

II.

Los primeros cinco días de enero el barrio Zamora y la Parroquia bostezaban y desperezaban su ratón decembrino, sólo el inicio de las clases retornaba la normalidad a su imperio cotidiano. Empezábamos a pensar el Carnaval, el formal de las escuelas y sobre todo el informal de la calle. Este comenzaba su calentamiento con el arrojo de pequeñas bombas de agua, que anunciaban el derecho colectivo de hacer suyo los cuerpos ajenos a través inicialmente del impacto lejano, pero que luego se produciría por un impacto cercano y al descubierto. Los ruidos del colectivo no son precisamente música para todos los oídos, pero son la voz de la calle sin más medida que sí misma. Y el ruido llegaba a su clímax el Martes de Carnaval, cuando todo estaba permitido especialmente para quien desafiara la ley de la calle, sólo los más audaces o los obligados lo hacían y se enfrentaban así al poder subversivo de la fiesta. Los actores y los espectadores hacían, veían y oían en directo las crónicas de los días por venir, las desdichas mojadas, las venganzas pintadas, los cuerpos exhibidos para los veedores ocultos, que en privado harán inventarios de determinadas organizaciones de las carnes con sus respectivos juicios de gusto y ese día, al anochecer, la comunidad sabrá que todo ha terminado, pero que mañana comenzará un ciclo diferente.

 

III.

El Miércoles de Ceniza, sólo los más asiduos a la Iglesia irán a buscar su tatuaje físico, que a modo de ticket de entrada les permite el acceso a otro tiempo: el del espíritu. Pronto, esta avanzada de los asiduos ayudará a regar las cenizas sobre quienes no la recibieron en físico: la música rebajará su volumen paulatinamente; se discutirá como sustituir la carne de los viernes; se dirá también sobre lo malo de los excesos anteriores; se verá como exótico la celebración de fiestas y el calor que hace sudar las calles contribuirá a la disminución de los transeúntes y cuidadores de esquinas, al menos mientras esa inmensa lengua amarilla convierte en melcocha el asfalto. Ha comenzado la Cuaresma.

 

IV.

El primer día para los asiduos es el Viernes del Concilio, para los muy amigos de los asiduos es el Sábado de Ramos, pues se asiste al movimiento de buscar, organizar y contar los ramos que se repartirán el día siguiente. Pero el primer día para todos es el Domingo de Ramos. Se irá a la Misa en cualquier hora pero se irá, la obtención del ramo es esencial para asegurar cierta providencia divina extra para el resto del año. La eficacia de las cruces de palma hechas el año anterior vence precisamente hoy, es necesario por tanto buscar el material de este año. Los enfermos encuentran algún pariente o amigo que le suministre el producto, razón por la cual exigirán un ramo doble o uno más grueso del normal cuando les toque negociar con los monaguillos o con el sacristán, quienes le harán saber a los demás, a través del poder que hoy asoman con ostentación, que valió la pena aguantar las burlitas y la mamadera de gallo acerca de la supuesta relación vergonzosa de ellos con el cura, las viejitas y las mujeres feas, ellos están en el centro de las miradas y súplicas, saben que los demás se disputan con orgullo el ser familiares, vecinos o amigos de ellos, al final saben que deberán darle ramos a todo el mundo, pues de lo contrario sería condenarlos a no tener armas divinas a disposición durante el año y tal acción constituiría afrenta mayor que los monaguillos y sacristanes pagarían en carne propia, entregarán los ramos, pero se harán de rogar. Y así al filo del mediodía y luego al desmayarse la tarde, el barrio verá un continuo desfilar de peregrinos con ramos, que a pesar del esfuerzo realizado en enormes colas para conseguirlo, no vacilarán en compartirlo con quienes recién asomados en sus casas o en las esquinas les pidan una parte por favor, ya que ellos tuvieron problemas para buscarlo personalmente. Algo que es bendición de Dios, no se le niega a nadie.

 

V.

La Semana Santa revitaliza tres grandes espacios de la acción eclesiástica: el de la celebración de la misa, el del resto de la Iglesia que permanece abierta cuando no hay misa y el de la calle con las procesiones. La vida, pasión y muerte de Jesús comienza a desplegarse ante los fervorosos ojos de los parroquianos, especialmente en los espacios segundo y tercero en donde el papel de los feligreses no se reduce a seguir las rígidas recomendaciones de quien preside la misa, sino que la libertad de movimientos es vital para que el feligrés decida según su interés los movimientos a seguir. El jolgorio de la bendición y repartición de los ramos, culmina con la noticia de que han puesto preso a Jesús. El Lunes Santo no hay alegría sino pesadumbre, comienza la pasión comprendida en su sentido trágico, se inicia así una de las principales escuelas de educación sentimental inventadas por la práctica eclesial del cristianismo, los feligreses son introducidos poco a poco en el papel del dolor en la construcción y salvación del mundo, se entenderá así, casi vivencialmente, esa parte del Credo que afirma que Jesús vino a sufrir por nuestros pecados.

 

La educación por imágenes despliega en adelante sus mejores virtudes, su potencia se amplía al máximo pues ya no se trata solamente de las imágenes que cada quien individualmente venera debido a su devoción particular, como ocurre de ordinario, pues ahora se proponen imágenes de Jesús y sus circunstancias que son de obligatoria reflexión simultánea para todos los fieles. Jesús en el Sermón de la Montaña, Jesús en el Huerto, Jesús Atado, Jesús de la Humildad y Paciencia, Jesús el Nazareno, Jesús en el Santo Sepulcro, la Cruz sin Jesús, Jesús Resucitado, la Verónica, la Magdalena, el Cirineo. Imágenes que se van sucediendo y que nos capturan y convencen tanto en su quietud como en su movimiento. En su quietud, en el interior de la Iglesia, frente a ellas, les contamos lo que hemos hecho, lo que nos ha pasado, lo que queremos para este año. Internalizamos sobre todo sus rostros, sus heridas, sus angustias, las hacemos nuestras, compartimos vivencialmente esas pasiones trágicas, nos recuerdan las nuestras o de nuestros familiares o amigos, descubrimos que si hasta Dios sufrió, no es nada novedoso que igual nos suceda a nosotros.

 

Pero en las procesiones la situación es distinta, ya no conversamos privadamente con la Imagen de Jesús que más nos atrae, sino que esta vez lo acompañamos y hacemos juntos su recorrido y sentimos que nos estamos llenando de su vivencia y a su vez liberando la carga que traíamos sobre los hombros, de ahí la sensación de salir livianitos al finalizar la procesión. Nos fijamos más en quien va a nuestro lado, en las calles con huecos y alcantarillas y numerosos cables que caminamos, apreciamos la necesidad de conocer el entorno para no caernos, ni extraviarnos, es imposible no conocer de vista o trato a quienes hacen de compañeros de viaje, por eso las procesiones son los lugares para conocerse, para citarse para después, para reconocerse como compañeros de fe y de recorrido, a la primacía de lo privado en la adoración estática del rincón de la Iglesia donde reposan las santas imágenes, le sucede la vivencia de la adoración dinámica de la caminata, de “la sudada del santo”, una expresión de fe desde toda la corporalidad de un sujeto que a la vez de individual es urbano.

 

Las procesiones extienden la dimensión física de las Iglesias y con ella las bendiciones de lo sagrado cristiano, repotenciadas en Semana Santa por que tales acciones las llevan a cabo directamente Jesús y la Virgen, los máximos detentadores de la riqueza de la fe popular, lo que explica el porqué de la tensión existente cuando se van a discutir las posibles rutas a seguir por las diferentes procesiones.

VI.

Llegado el viernes con el Santo Sepulcro la muerte de Jesús quedaba confirmada y con ella se lograba el fin de la Semana Santa la cual era mostrar la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. Por eso el Sábado de Gloria comenzaba a ser festivo y la única motivación para asistir a la Misa de la noche era por la bendición de las aguas y del fuego, momento de apertrecharse de las energías divinas para un próximo año con incertidumbres inevitables. El Domingo de Gloria no mostraba ningún atractivo para asistir a la Iglesia pues ya se daba por sentado que Jesús había resucitado y que simplemente regresábamos a la normalidad de la Iglesia de todos los días. Sólo fue hasta 1985, cuando yo por primera vez participé en una procesión en honor del Cristo Resucitado, en la población de Tacarigua de Mamporal en el Estado Miranda. El Domingo de Gloria se emparentaba con la Muerte de Jesús, no por su resurrección, sino por la muerte de quien lo traicionó. La Quema de Judas se transforma así en la venganza popular en contra de quienes le hicieron daño a Jesús y quienes aún hoy se lo hacen a la comunidad seguidora de Jesús.

 

Culminaba así el ciclo iniciado en noviembre y que duraba hasta abril. Luego la comunidad volvía su atención hacia un ciclo anual totalmente seglar: mayo es el mes de las primeras comuniones pero sobre todo para definir quien iba a pasar o repetir el año escolar, junio y julio se dedicaban a la preparación y presentación de los exámenes finales; agosto y septiembre para las vacaciones de toda la familia; finales de septiembre el comienzo del nuevo año escolar y octubre para pensar cuando llegará el final de noviembre y así volver a empezar el ciclo que culminaría en la Semana Santa como uno de los momentos cumbres del calendario anual del venezolano.

 

VII.

Para finalizar, vuelvo a la Semana Santa como una de las principales escuelas de educación sentimental (en el sentido de Flaubert), al importante papel de las imágenes para reproducir la memoria del dolor del Jesús humano, a lo imprescindible de las mismas para que el paso del mega relato cristiano quede impreso en los micro relatos individuales de la vivencia de la fe. Y quiero confesar mi especial apego a la imagen de Jesús sedente, coronado de espinas, llamado de Humildad y Paciencia. Esa es la imagen que se ha convertido en mi compañera inseparable de cualquier meditación sobre Jesús o sobre mi propia condición humana. Es la imagen que sintetiza tan completamente lo que considero mi vocación intelectual, que actúa en forma de símbolo, es la mitad a la cual aspira la otra mitad de mi propio devenir. Es la necesidad de la humildad para comprender nuestras limitaciones, la paciencia para llegar a comprender lo que aun no comprendo, las heridas que va dejando la lucha contra la propia y ajena ignorancia, la soledad del intelectual que sólo aspira a la verdad, pues sabe que sólo la verdad nos hará libres. Pero esa imagen de Jesús en Humildad y Paciencia, también es la que nos reconforta y nos da esperanza cuando en momentos duros de la vida, cuando en situaciones de torbellino, cuando en situaciones de conflictividad y desastres personales y sociales como el actual, sentimos que Jesús de la Humildad y Paciencia nos dice: “Paciencia, paciencia, que faltan pocos días para la resurrección”.

 

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[i] .-Enrique Alí González Ordosgoitti.

Doctor en Ciencias Sociales, Sociólogo, Folklorólogo, Filósofo, Teólogo, Locutor, Profesor Titular de la UCV, de la Facultad de Teología de la UCAB y del Instituto de Teología para Religiosos-ITER.

-Co-Creador y Coordinador General -desde 1991- de la ONG Centro de Investigaciones Socioculturales de Venezuela-CISCUVE.

-Co-Creador y Coordinador -desde 1998- del Sistema de Líneas de Investigación Universitaria (SiLIU) sobre Sociología, Cultura, Historia, Etnia, Religión y Territorio en América Latina La Grande.

-Co-Creador y Coordinador -desde 2011- de la Página Web de CISCUVE: www.ciscuve.org

-Para contactarnos: ciscuve@gmail.com@ciscuveciscuve-Facebook; @enagor;  enagor2@gmail.com; Skype: enrique.gonzalez35

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[ii] .- Trabajo presentado en la Asignatura “Antropología Filosófica II”, del Cuarto Semestre del Baccaleurato Filosófico de la Universidad Pontificia de Roma (UPS), cursado en el Instituto de Teología para Religiosos (ITER), Sección de Filosofía, Escuela de Teología, Facultad de Teología, Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), 2004

 

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2 Responses to Paciencia, paciencia, que faltan pocos días para la resurrección. La Semana Santa desde lo Vivido

  1. Maria Inés Páez Capriles

    Qué hermoso relato desde el recuerdo infantil y juvenil, desde la vivencia de la celebración, mostrando también que la liturgia es la forma como la Iglesia como pedagoga ejemplar nos enseña a a conmemorar la vida de Jesús, a través de sus ciclos, gozosos, como la Navidad y dolorosos, como la cuaresma y su climax, la Semana Santa.

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