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La muerte como liberación del alma en Platón y Sócrates

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Lourdes J. Bernal

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Resumen

Reflexionar sobre la muerte como liberación del alma, es reflexionar sobre nuestra vida. A través de los tiempos, el ser humano se ha empeñado incesantemente en conocer, dominar y controlar su mundo, pero ha debido rendirse ineluctablemente ante el misterio e inevitabilidad de la muerte. La muerte es lo más propio de la condición humana, constituye la evidencia física, empírica, brutalmente irrefutable, de esa cualidad metafísica de la realidad del ser humano que llamamos finitud. Al sobrevenir la muerte, el alma del hombre emigra a otro cuerpo, esto es, se reencarnará. Con estas palabras tratamos de presentar nuestro tema, que puede servir como punto de arranque para reflexionar sobre la muerte y el destino del alma. Enfocándolo fundamentalmente a partir de dos autores como los son: Platón y Sócrates. Dentro de esta investigación sumamos las de otros autores cristianos y filósofos, como los son Santo Tomas de Aquino y Aristóteles. Buscamos entonces, con este trabajo, hacer una analogía entre la aceptación de la idea de la muerte como liberación del alma como fin y meta del hombre hacia la trascendencia, y la idea de una vida plena en la imagen de Jesucristo como la salvación de la humanidad, planteada por los autores cristianos.

Palabras Claves: Muerte, inmortalidad, trascendencia, cristianismo.

 

La muerte como liberación del alma en Platón y Sócrates

Lourdes J. Bernal

 

Introducción

Me gradué en Filosofía en la Universidad Central de Venezuela en 2008, siendo mi Tutor el Dr. Enrique Alí González Ordosgoitti. Y, en 1996 ya había considerado la posibilidad de realizar una investigación sobre el tema de la muerte. Cuando decidí realizar un estudio acerca de la muerte, sabía que seguiría un camino no del todo desconocido en tanto que, el tema de la muerte me ha interesado desde hace más de diez años, particularmente por lo que ésta significa como experiencia humana. Si bien la muerte no se experimenta más que de manera indirecta a través del fallecimiento de un familiar o bien de los demás, podemos formarnos una idea de lo que ésta significa. Me considero particularmente afortunada por haber podido tener un tutor formado en las ciencias sociales, que enriqueciera mis conocimientos y fortaleciera mi visión filosófica.

 

Esa formación es doble, a mi parecer, creo que ha marcado mi producción y es responsable por el punto de partida de lo que fue mi investigación. La muerte es el hecho ante el cual nuestro sentido común se detiene angustiado o desvía su marcha con cautela y disimulo. El artículo que presentaré a continuación es el producto de esta doble hélice filosófico/social, en la cual el tema de la muerte forma parte esencial en la sociedad y en el individuo.

 

Empero, la filosofía de la razón occidental nunca ha rehusado enfrentarse a tal hecho y aunque el filósofo no intenta con su esfuerzo mitigar su angustia y la desdicha que ocasiona saberse perecedero, el tema de la muerte es uno de los que ha generado quizá algunos de las más enriquecedora reflexiones filosóficas para la comprensión de la vida. Debemos nosotros mismos imitar a Platón y Sócrates, emprender una filosofía de la muerte, para tratar de aceptar lo inexorable que es el tránsito de nuestras vidas hacia  la inmortalidad del alma.

 

El fenómeno del tránsito de nuestra existencia y su significado

¿En dónde se toca el tema de la muerte? Vivimos en un mundo limitado en cuatro paredes, el tiempo, el espacio, lo que hay antes de nacer y lo que hay después de morir. La realidad es indecible para el entendimiento humano de la vida.

 

Lo primero que la vida nos enseña al nacer es que algún día debemos morir. Se trata del fenómeno de la muerte. “la muerte es un tema del que nadie absolutamente nadie quiere hablar, es preferible ignorar y no pensar en lo que hay en lo otra vida. Quizás el temor a lo desconocido o el temor a un absurdo “castigo eterno” hace que haya desconfianza a la muerte, pero también es el camino que todos debemos recorrer.

 

¿Qué es la muerte? Racionalmente no lo sabemos, carecemos de una respuesta concreta. Tenemos respuesta filosófica, religiosa, de la tradición histórica de los pueblos, intuitiva y ahora científica. En todo caso, la muerte es un hecho cotidiano, implícito a la vida y posiblemente la única certeza que tiene el ser humano.

 

Antes de entrar en el terreno filosófico en cuestión, es menester indagar un poco sobre el significado de la muerte vista a través de varios autores.

 

Desde la óptica del médico, nos encontramos lo siguiente: “hasta el presente, la comprobación de la muerte no constituía un problema para el médico: el último latido del corazón se consideraba como el final de la vida”[1] Se entendía que se había producido la muerte cuando el corazón había cesado de latir, por otro lado, nos dice que: “la pérdida de las funciones cerebrales puede ocurrir cuando cesan en su función el cerebro superior y el tronco encefálico, los centros fundamentales para la vida, a causa de una lesión difusa de origen diverso (tóxico, vascular, traumático, etc.)”[2].

 

En general, se considera como muerte la supresión de toda manifestación de vida del organismo en su conjunto, mientras que la extinción de una determinada parte del cuerpo se llama necrosis (es la muerte patológica de un conjunto de células o del cualquier parte del tejido del organismo provocado por un agente nocivo). De tal manera que, con su diagnóstico, es posible, pues certificar la muerte cuando se tiene la seguridad de que se ha producido la muerte cerebral y, por lo tanto, la pérdida irreversible de todas las funciones del cerebro. Naturalmente el punto de llegada actual de la ciencia respecto a la muerte, no es el punto final de asunto, pues se sigue discutiendo acerca de sí la llamada “muerte cerebral” es suficiente.

 

Dicho de otro modo, en la actualidad, la corporación biomédica se plantea si la definición debería afectar sólo al cese de las funciones cerebrales superiores, o al solo neurocortex. En este caso estarían los pacientes que han perdido las funciones cerebrales, pero que no necesitan respiración artificial aunque han perdido la sensibilidad y permanecen en como continuo. Esto significa que dicho pacientes estaban clínicamente muertos, pero que sin embargo, eran considerados sólo clínicamente.

Empero, entendemos por muerte clínica o, más exactamente, por muerte “meramente-clínica ese estado en el cual está comprobado el cese de la respiración, de la actividad cardiaca y del funcionamiento cerebral, pero en el que no está del todo excluido una vuelta a la vida, a través de masaje cardíaco, o bien por respiración artificial. Mientras que, por muerte biológica, según esto entendemos ese estado en el cual al menos el cerebro (no así, tal vez, el riñón, que puede ser trasplantado) ha perdido sus funciones de forma irreversible y ya no puede ser reanimado. La muerte biológica es, evidentemente, la muerte general, definitiva: ¡pérdida irreversible de las funciones y ruina de todos los órganos y tejidos!  A nuestro juicio, esta conclusión ejerce gran influencia a la hora de establecer los criterios que certifican la muerte de un individuo.

 

En este sentido, se estipula que la vida cesa cuando deja de funcionar todo el cerebro. Paralelamente queda establecido que cuando esto ocurre no es que desparezca la obligación de mantener con vida a una persona, sino que ésta ya está muerta. Sin embargo, los médicos, o el juez, certifican la muerte de un paciente cuando sus cuerpos están clínicamente muertos, aunque puedan estar biológicamente.

 

Por nuestra parte pensamos que, la vida íntegra del hombre se mueve en el complejo de las redes que le fijan los elementos de las temporabilidad. La prospectividad psíquica peculiar y distintiva del ser humano le sitúa en una posición privilegiada y dramática a la vez con respecto al resto de las especies, en el sentido que es el único con capacidad de aprehender la idea de su propia finitud terrenal. Ahora bien, cuando hablo de la “prospectividad psíquica peculiar”[3] me refiero al sujeto que tiene la preeminencia de actuar de acuerdo a su estado-físico mental, es decir, el hombre puede reconocer su propia indigencia y aceptar su fracaso.

 

En todo caso, al hablar de muerte es tener conciencia de que la finitud corpórea, ya no manifiesta ningún signo vital a través de los cuidados paliativos que se le dan, estamos ante la presencia de la fragilidad innegable y dolorosa que causa el deceso, es decir, cuando el médico certifica que el individuo ha muerto, nos deja entrever la realidad finita del ser humano. Ante estos acontecimientos nos hacemos muchas interrogantes: ¿Por qué nos comportamos evasivamente ante la muerte? ¿Qué significado tiene el hecho de morirnos?

 

Desde la visión antropológica encontramos algunas reflexiones respecto a la posibilidad de retardar la muerte, nos indica que: “el hombre, en su lucha contra la muerte, no disponía hasta entonces más que de medios “sobrenaturales”: oración, magia, superstición (aquí importa poco su autenticidad o medios muy aleatorios. Afirma” la muerte constituye un elemento natural de un ciclo evolutivo que comienza con el nacimiento, la conciencia biológica natural del nacimiento” [4] Esto nos conduce obviamente a pensar, que las personas dejan de existir a diario, en tanto que la antropología contemporánea acepta el desafío y no teme en afirmar que, en realidad, todo el hombre muere. Si la persona humana es nudo de relaciones, la ruptura con los demás y con el mundo dignifica la muerte total del hombre, la muerte es un existencial, una característica de la condición humana. La curva de la vida biológica, no coincide con el crecimiento y desarrollo de la persona. La curva de la vida se constituye en parábola, porque nace, crece, se desarrolla, madura, envejece y muere.

 

La muerte coincide con la vida porque el hombre va muriendo cada segundo, su vida es mortal. Pero existe en el hombre otra línea de vida, la personal, la espiritual o anterior. Podemos afirmar, que muriendo acabamos de nacer. De manera análoga al niño que pasa al nacer, del seno de la madre, al mundo de la luz, así el hombre que muere pasa, todo entero, alma y cuerpo de este mundo espacio-temporal, al mundo eterno, totalmente diverso e inimaginable.

 

Dicho todo esto, pasamos a ver la definición  religiosa de la muerte. Según la Biblia de Jerusalén (1975) específicamente en el Génesis[5], se predica que Dios otorgo la vida al hombre mediante un soplo. La noción de Espíritu (ruah-pneuma), con su variada riqueza de significados y regencias, es sin duda, la clave de la antropología bíblica. Pero su alcance no se puede entender si no es dentro de un relato que es el de la salvación. También leemos que “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya le creó Macho y Hembra los creó”. “Y dijo Dios hagamos al ser humano” a nuestra imagen”.  Como podemos observar, en ningún momento, los textos bíblicos pretenden ofrecer una visión completa de la estructura del ser humano.

 

Lo más importante que quieren decir es que el hombre es una criatura divina. En lo demás, cabe pensar que no hacen más que ampliar el dualismo de la experiencia humana entre la interioridad y la exterioridad. Se puede decir que aceptan, al menos parcialmente, las intuiciones de la filosofía griega en relación a la existencia de un principio de tipo inmaterial-espiritual (como Dios, que es espiritual) y un principio material, que son de muy diferente condición.

 

Según nuestra interpretación, la muerte no formó parte de la creación original de Dios entró en ella el pecado y fue la causa de la muerte. En la Nueva Ley, morir se considera un mal ante el que incluso Jesús mismo se acobarda (Ma 14,33), pero la fe en la resurrección mitiga su norma (1Ts 4,13) y se compara la muerte con el sueño (Jn 11, 11-13). El sueño es, ciertamente, una metáfora de la muerte bastante común en la Biblia (por ejemplo: Dn 12,2. Jesús reprendió a quienes hacían duelo en la casa de Jairo: “la niña no ha muerto; está dormida” (Mc 5:39). Posiblemente, la muchacha estaba en coma, aunque Lucas (8, 49) interpreta que Marcos se refiere a la muerte.

 

A este respecto J-M Pohier nos señala que: “para la fe Cristiana, el modo contingente del ser del hombre es la creación de Dios: los cristianos confesamos que Dios es creador y que el hombre es criatura Sólo Dios es Dios. Ningún designio de Dios, por consiguiente, puede tener objetivo o resultado anular esta diferencia, que es, por decisión constitutiva de la humanidad del hombre[6]. Agrega además, “la muerte del hombre está  intrínsecamente vinculada a la naturaleza de la materia viva en la que la creación divina estableció al hombre. Por lo demás, el magisterio de la Iglesia siempre tuvo un gran cuidado en precisar que la inmortalidad era un don prenatural (praeter naturam) de la gracia y que no pertenecía a la naturales conditio de Adán antes de su transgresión.”[7]

 

Según el autor, la fe cristiana no nos  presenta la resurrección como sí se tratara de una restitución del hombre a su estado de naturaleza íntegra sino como una inversión del orden de las cosas: un ser “nuevo”, un mundo “nuevo”. Creer en la resurrección, por consiguiente, no es creer que se le devuelve al hombre una inmortalidad que formaría parte de la naturaleza tal y como Dios lo habría establecido, es creer que el poder del espíritu, que resucitó a Jesús de entre los muertos, invierte el orden antiguo de cosas para hacerlos nuevos. Afirma el autor” esta es la razón de por qué la resurrección, lo mismo que la cruz, es locura para unos y escándalo para otros. Participar en la muerte y en la resurrección de Jesucristo nos convierte, según las palabras de san Pablo, en “vivos retornados de entre la muertos”.[8]

A nuestro entender, la revelación más importante sobre la situación del hombre después de la muerte nos viene dada por Jesucristo. La imagen de Jesús resucitado y glorioso es la imagen de la plenitud  a la que está destinado el hombre. La muerte y resurrección de Cristo han demostrado y han aclarado de manera definitiva la existencia de un más allá, que no es sólo una existencia residual tras la muerte, sino una plenitud de vida caracterizada por el encuentro con Dios. Es un don gratuito y, en cierto modo, inesperado: Hasta la resurrección de Cristo, no se inauguró ese nuevo estado glorioso y esa nueva condición, y ni siquiera y la del Reino de los Cielos determinan completamente la idea cristiana del hombre, de su destino y de su plenitud.

 

Por consiguiente, la visión cristiana religiosa de la muerte, la resurrección, la vida eterna, y una supuesta vida en el más allá y sus categorías soteriológicas (salvación o condenación de la muerte). Nos hace pensar en la imposibilidad de “vivir” la propia muerte, e incluso repensarla pues cuando lo intentamos podemos imaginar nuestro cuerpo muerto, pero, en cuanto lo imaginamos, seguimos pensando y, por tanto, nuestro yo siendo el punto de referencia- está en la base de la creencia en el dualismo psico-físico y en la base de las creencias religiosas que afirman la inmortalidad. Nótese que en la Biblia se predica la muerte cuando todos los signos de vida han desaparecido.

 

Podemos pensar que, la tradición cristiana supone que el alma subsiste después de la muerte y que realiza tanto la función de animar el cuerpo como la de entender. De esta manera adopta la tesis de Platón y la de Aristóteles[9]. Pero hay algo más. Podemos considerar, el pensar lo que el cristianismo cree sobre la muerte y la condición del alma separada. Respecto a la cuestión del dialismo psico-físico, hemos de advertir que la abundancia y complejidad actual del concepto del “alma” da lugar a problemas de interpretación, porque no se corresponde bien con los conceptos antiguos.

 

Actualmente, se reúnen en el ama tres valores: la animación del cuerpo (mantenerlo vivo), las capacidades intelectuales (razón y voluntad) y la conciencia-personalidad que subsiste tras la muerte (lo que soy, recuerdo, conozco y siento de mi mismo). Empero, el enfoque cristiano respecto a la muerte, ha tomado muchos elementos del pensamiento griego al reflexionar en relación del alma. A la luz del dualismo platónico, la cavilación cristiana ha formulado filosóficamente la idea del alma en sí misma. Santo Tomás de Aquino[10], nos presenta la naturaleza general del alma, no sólo la humana, en clara fidelidad al pensamiento aristotélico: el alma como principio de la vida. Tomando en consideración la fórmula hilermórfica para entender la relación del alma con el cuerpo. Santo Tomás nos muestra la clara influencia de Aristóteles, en tanto su comprensión de la esencia del alma como en los conceptos que utiliza para caracterizarla: principio de vida; principio, forma de un cuerpo físico que tiene vida en potencia; acto primero del cuerpo natural organizado que tiene vida en potencia; principio por el que vivimos, sentimos, nos movemos y comprendemos.

 

Como podemos ver, Santo Tomás no separa tan radicalmente el alma del cuerpo como lo hizo la concepción platónica pues considera que el cuerpo y el alma son principios de que se necesitan mutuamente: los conceptos acto-potencia-forma-materia (son los conceptos utilizados para comprender el alma y el cuerpo) se exigen mutuamente, el acto lo es de algo está en potencia, la forma es forma de algo que es materia. El alma y el cuerpo, aquello que le da la perfección: como por ejemplo: el ojo tiene en potencia de ver y el ver es su acto o perfección, ciertos cuerpos tienen potencia la vida, tienden a realizar actividades vitales –crecer, percibir, sentir- el alma es lo que les permite actualizar o hacer reales dichas capacidades.

Por consiguiente, en los seres vivos la substancia es el individuo compuesto de cuerpo y alma, no es ni el cuerpo solo si el alma sola. El alma es la forma de los seres vivos porque es lo que les da realidad plena y les capacita para las operaciones propias del ser viviente. Desde estas perspectivas, menester es examinar la idea cristiana sobre la muerte. Esto provoca inevitablemente, una idea menos optimista con respecto a la situación del alma separada. En la idea cristiana, la plenitud se alcanza tras la resurrección, y la gloria se vive con el cuerpo. Por consiguiente la pervivencia del alma cristiana no es como la platónica.

Hasta aquí hemos, realizado una breve visión general de la idea de la muerte a la luz de diversos puntos de vista de diversos autores.

 

Ahora abordaremos la investigación filosóficamente, y para ello nos iluminamos de la filosofía ontológica de Platón y Sócrates. ¿Qué nos puede decir Platón y Sócrates respecto a la muerte? Menester es recordar que estos filósofos pretenden darnos una explicación, no del sentido humano tal como existe, sino de la aprehensión del sentido de la muerte y la liberación del alma en cuanto tal.

 

Analogía entre la aceptación de la idea dela muerte como liberación del alma

En el diálogo del Fedón o de la Inmortalidad del alma, Platón y Sócrates nos muestran las razones por las que el filósofo no debe temer a la muerte, sino recibirla con alegría porque no sólo existe una vida en el más allá, sino que hay una ley cósmica que premia o castiga las almas, según su comportamiento en este mundo.

 

¿Qué es la muerte?, la clave la encontramos en la siguiente cita: “Todavía puedo añadir nuevas razones para convenceros de que la muerte no es un desgracia, sino una ventura. Una de dos: o bien la muerte nos deja reducidos a la nada, sin posibilidad de ningún tipo de sensación, o bien, de acuerdo con lo que algunos dicen, simplemente se trata de un cambio o mudanza del alma de este lugar hacia otro”[11]  También nos dice Sócrates, que la muerte es la extinción de todo deseo y como una noche de sueño profundo, pero sin ensoñaciones[12].

 

Sócrates nos da a entender, que la nada no le parece a él ningún mal, y sobre todo para los males, el que separarse el alma del cuerpo signifique asimismo la aniquilación de aquella, se convierte en un bien, pues con la aniquilación del alma desaparece también los males.

Según nuestra interpretación, cuando el alma abandona el cuerpo se libera y puede conocer la verdad de todas las cosas como son en realidad.

 

Sócrates afirma que “siempre que veas que un hombre se enoja y retrocede cuando se ve enfrente de la muerte, será una prueba de que es un hombre que ama, no la sabiduría, sino a su cuerpo, y con este los hombres y las riquezas”.  Esto significa que este, tipo de hombre se aferra a la vida porque sólo le preocupan los placeres provenientes de los sentidos, sin tener en cuenta que además, posee alma. Es por esto, que la muerte lo asusta porque al morir el cuerpo, los placeres terrenales mueren con él. Para Sócrates, la muerte es tan sólo la separación del alma del cuerpo y eso es un bien para el alma, ya que el cuerpo le engaña e induce al error.

 

Por esta razón, Sócrates dice que la filosofía es “aprender a morir”, y que los filósofos viven en trance de muerte. Esto es, de una muerte corporal que es, al propio tiempo, la más alta vida espiritual, porque al no curarse el filósofo de las concupiscencias del cuerpo ni de los mentidos bienes que demanda. Puede por ello mismo el alma, “recogida en sí misma”, abrirse a la contemplación de lo que es “simple y puro, y recogido, a su vez, en sí misma”.

 

En este sentido, es la vida mortal del filósofo anticipación y creación de la vida inmortal, donde está el reino de esas Formas puras y simple.

 

Surge así, la teoría de las Ideas, como podemos observar, subyace también en su aspecto gnoseológico como el ontológico, y es solidaria, en Platón por lo menos, de la teoría del alma. Entiendo por gnoseológico, el procedimiento constructivo de los argumentos socráticos respecto a la aceptación del buen morir. Mientras que por ontológico entiendo aquello que estudia el ser en cuanto ser, y a este respecto el interés de dar explicaciones racionales, a los fenómenos del mundo físico, también podemos recordar que el carácter universal de la filosofía, tuvo su origen en la necesidad de un conocimiento valido a todo fenómeno, y en las deficiencias de los conceptos inicuamente desarrollados, para ser llevados a la practica concreta en los fenómenos físicos, o sociales.

 

Para comprender esto sigamos a Sócrates, para él el alma se asemeja a lo divino, lo inteligible, lo indisoluble, es este el motivo por el cual después de la muerte sólo podrán acercarse a los dioses aquellas personas que filosofaron toda su vida, y cuya alma abandonó el cuerpo sin ninguna de sus impurezas; porque el cuerpo es mortal sensible, cambiante y disoluble. El alma además es infinita. Esta presente desde antes nuestro nacimiento, y sigue viva después de la muerte.

 

Es por eso que nuestra alma ya conoce todo lo verdadero y justo antes que nosotros lo entendamos. En tal sentido, saber no es causa de lo que tomamos del mundo por medio de nuestros sentidos, sino de lo que recordamos la razonar y al pensar (hay que estar lo más posiblemente lejos del cuerpo y de sus sentidos, para llegar al fin último y verdadero de las cosas). Lo que finalmente significa que saber es recordad y el recuerdo necesita de un conocimiento anterior, esto afirma que el alma es finita.

 

De tal modo que, el alma sola sin el cuerpo lleva consigo aquellos valores, costumbres y hábitos que aprehendió durante toda su vida terrenal. Así existen diferentes tipos de almas, felices o desgraciadas, que son juzgadas en un paraje antes de los infiernos y de allí se decide  su próximo destino. Esto es, las almas injustas tiranas, volverán a la vida para habitar el cuerpo de animales como lobos y halcones. Y otras almas más justas y sabias como es el caso de Sócrates, irán a los infiernos con los dioses o volverán a la Tierra para habitar seres buenos y piadosos.

 

A nuestro entender, la naturaleza y destino del alma, la existencia de Dios y la vida futura parecen ser los postulados de su enseñanza y convicciones vivas de la personalidad de Sócrates.

 

Según Sócrates, el alma está hecha para la virtud y que la virtud es como una separación anticipada del alma y del cuerpo; que la verdad reside en nuestro corazón y que es eterno, que la esencia del pensamiento es descubrir la pura esencia  de cada cosa en sí, nótese en este argumento el lenguaje habitual de Sócrates. Sin embargo, el alma para Platón significaba una realidad esencialmente inmortal y separable. El alma espira liberarse del cuerpo para regresar a su origen divino y vivir, para decirlo de alguna manera así, entre las ideas, en el mundo inteligible. El alma según Platón puede vivir dentro del cuerpo y puede recordar las ideas que había contemplado puramente en su vida anterior.

 

Por consiguiente, la teoría del alma pura es en Platón el fundamento de su teoría del conocimiento verdadero, y a la vez está constituye una prueba de la existencia del alma pura. Platón nos da a entender,  que la muerte es un hecho tan real como al vida; pensamos que la aceptación consciente y relista de la muerte como proceso que forma parte de la vida, puede ser muy beneficiosa para los individuos y nuestra sociedad.

A nuestro modo de interpretar, lo que hay es más bien una reflexión que se hace indispensable continuar tratando de comprender la significación que tiene, el trascendente evolutivo de la muerte.

 

Profundizando un poco más sobre la idea del alma, podemos añadir que:

“En cuanto a la adquisición de la ciencia dijo Sócrates, ¿es el cuerpo o no un obstáculo, cuando se asocia a esta investigación? Voy a explicarme con un ejemplo: ¿Poseen la vista y el oído alguna verdad, o bien tienen razón los poetas al decirnos sin cesar que no oímos ni vemos nada verdaderamente? Y si estos dos sentidos no ofrecen seguridad, menos la ofrecerán aún los demás porque son muchos más débiles”[13].

 

Ante esta realidad podemos decir que, el cuerpo es la cárcel del alma, algo así como el caparazón que lleva dentro la ostra. Por una parte, supone un lastre negativo para el alma, pues crea necesidades, enfermedades, deseos, temores, pasiones y sensaciones que le obstaculizan la búsqueda de la verdad. Y por la otra, un estorbo del que el alma tiene que liberarse poco a poco, del que tiene que purificarse para poder acceder a la contemplación de las Ideas. Mientras que el cuerpo inclina al alma a poseer cada vez más, a ser ambiciosa, al comparativo violenta y a la guerra, a los pareceres sensibles. El cuerpo resulta la causa de perturbaciones y distracciones.

 

En este sentido, el cuerpo es sólo su envoltura temporal, en la cual se desarrolla el alma. Cuando el alma llega a su nivel espiritual requerido, el cuerpo no es más necesario y debe ser abandonado, como una vestimenta gastada. Liberándose del cuerpo, el alma sube a un peldaño superior de su existencia.

 

Continuando con esta analogía entre el alma y el cuerpo Platón nos dice:

“(…) hay quienes dicen que (el cuerpo, sôma) es la tumba del alma (…). Sin embargo, creo que fueron Orfeo y los suyos quienes pusieron este nombre, sobre todo en la idea de que el alma purifica las culpas que expía y de que tiene al cuerpo como recinto en el que resguardarse bajo la forma de prisión. Así puse, éste es el soma (prisión) del alma tal como la nombra”[14]

 

La exégesis a la que alude Platón, es el mito de Orfeo acerca de la complicidad de Hera que permite que los Titanes descuarticen a Dionisos, lo cual despierta la ira y el castigo de Zeus, que destruye a los Titanes. Así. Como por ejemplo: De las cenizas de los Titanes se generan los hombres, que son así portadores de una naturaleza divina, proveniente de Dionisos y de un mal congénito, la herencia titánica. Ahora bien, el mito de Orfeo como sacerdote y seguidor de Dionisos suaviza la fiesta orgiástica de un culto que, en sus orígenes, revestid un carácter sangriento: “la naturaleza del dios sigue siendo cruel, pero, en lugar de manifestarse en una ferocidad inmediata, ávida de sangre y de posesión bestial, encuentra también una expresión que es sólo humana, en la emoción y en la efusión mística, en la música y en la poesía.

 

Subyace en la herencia orifica la idea de la inmortalidad del alma, como principio divino y de la mortalidad corporal, como principio de imperfección. LA inmortalidad permite al alma transmigrar por sucesivas vidas y, en la medida que realice acciones valiosas, le es posible aspirar a un progreso en sus sucesivos destinos para encontrar, finalmente la perfección total en una vida libre de carga corporal. Igualmente se considera que, aún por vías ajenas a las concepciones órficas, tanto el dualismo psykhé-söma como la trascendencia de la psykhé son ideas del universo griego que, si bien se van acentuando en el campo religioso y filosófico a partir del siglo VII a.C., está ya presente en Homero, en cuya obra designa como alma o psykhé aquello que, en el momento de la muerte, se separa de la persona como una sombra, abandona el cuerpo camino al Hades.

 

Por ello, dice Sócrates, el alma esta presente desde antes de nuestro nacimiento, y sigue viva después de la muerte. Esto quiere decir que, el alma, pues como es inmortal y ha nacido muchas veces, y ha visto todas las cosas de este y del otro mundo, ha aprehendido todas las cosas que existen.

 

Es por esta razón que nuestra alma ya conoce todo lo verdadero y justo antes que nosotros lo entendamos. Por eso saber no es causa de lo que tomamos del mundo por medio de nuestros sentidos, sino de lo que recordamos al razonar y al pensar (hay que estar lo más posible alejado del cuerpo y de sus sentidos, para llegar al fin último y verdadero de las cosas).

 

Como podemos ver, con Sócrates la idea del alma adquiere un sentido central en la reflexión tanto ética como antropológica, que no ha habrá que perder nunca más nunca más en el pensamiento occidental. Razón por la cual, Platón no duda en afirmar que es con nuestro autor “a través de de quien cobra la palabra “alma”, psyche, esa fisonomía que la convierte en el verdadero vehículo conceptual del valor espiritual-ético de la “personalidad” del hombre occidental.

 

Sócrates otorga al alma un lugar preponderante en el ser del hombre, de tal forma que le considera su esencia, y es por ello que el “cuidado” de la misma es lo único que debe importar al hombre, muy por encima de todo lo demás. Nadie antes que él había otorgado tal valor al alma. En ella reside la parte consciente del hombre, su inteligencia y también su voluntad, es el ámbito ético por excelencia. Por otra parte, la inmortalidad del alma y su preexistencia, así como el radical dualismo con relación al cuerpo, conceptos todos ellos míticos-órficos y tan estimados por Platón son elementos que no alcanza a apreciarse en el original discurso de socrático. Pero este problema (la inmortalidad del alma) no encerraba para Sócrates, en modo alguno, una importancia decisiva. Por la misma razón no nos encontramos en él con afirmación alguna acerca de la modalidad real del alma: ésta no es para él, como para Platón, una “sustancia”, puesto que no dice si es separable del cuerpo o no. Servir al alma es servir a Dios, porque el alma es espiritual pensante y razón moral, y éstos los bienes supremos del mundo, no porque sea un huésped demoníaco cargado de culpas y procedente de remotas regiones celestiales.

 

Como ya hemos visto, la concepción del cuerpo como prisión del alma siendo la misión del filósofo apartarse de todos los apetitos y demandas. Platón nos señala entonces la necesidad de “catarsis o purificación”, idea que  nos remite en su sentido más antiguo, a las normativas higiénicas, reflejándose en el cuidado que los dioses homéricos destinaban a sus cuerpos y también el cuidado de los mortales a los cuerpos de sus muertos.

 

No debe extrañarnos, por tanto que Platón y Sócrates estuvieran convencidos de que “morir” es lo mejor que le puede pasar al filósofo” y de que la filosofía sea una “preparación para la muerte”.

 

Esperamos que este trabajo traiga aquiescencia y entendimiento de este problema a muchos, pues nos interesa dejar claro que la intención principal al elaborar esta investigación, resultado de nuestros estudios y del deseo de conocer y asumir el fin último aparente de nuestra vida como un paso, el tránsito definitivo hacia la Trascendencia Divina.

 

 

 

Bibliografía

ARISTÓTELES. (1944).-Tratados del alma. Espasa,  Calpe., Argentina, S. A.: 41-51.
ARISTÓTELES. (1993).-Acerca del alma. Editorial Gredos, España Biblioteca Clásica: 91-97.

 

AQUINO, Santo Thomás (1959).-SUMMA Teológica, Capítulo “Del Origen de las criaturas”. Bibliotecas de Autores Cristianos, Madrid. La editorial Católica. S. A. España: 496 y SS

 

BIBLIA DE JERUSALEN ILUSTRADA. (1975). Nueva Edición totalmente revisada y comentada por Browwer Deselée, Bilbao, España. 14

 

J-M Pohier.- (1994).-“Muerte naturaleza y contingencia” “Concilium” (Madrid, España): 72-75, abril.

 

KAUFER; Ch. (1974).-. El fenómeno de la muerte desde el punto de vista médico”. “Concilium” (Madrid, España) (94): 29-38.

 

PLATÓN (1980).-Obras Completas. Universidad Central de Venezuela. Traducción de J. D. García Bacca. Diálogos Completos.

 

 

 

[1] Käufer, Christop. (1974).-El fenómeno de la muerte desde el punto de vista del médico”. “CONCILIUM” (Madrid, España) (94): 24-38 abril.

[2] Ibid. pp. 29

[3] El entre comillado es mío.

[4] J-M POHIER (1974).- “Muerte, naturaleza y contingencia” “CONCILIUM” (Madrid España): (94): 64-65. Abril.

[5] Biblia de Jerusalén. Ilustrada (1975).- Nueva Edición totalmente revisada y comentada por Browwer Deselée. (Bilbao, España): 14.

[6] J-M POHIER (1994).- “Muerte naturaleza y contingencia”  “CONCILIUM”  (Madrid, España): 72.

[7] Ibíd. pp. 75

[8] Ibid. 75

[9] Aristóteles. (1993).- “Tratados del Alma” Espasa – Calpe. Argentina, S. A.: 41-51.

[10]  Santo Tomás de Aquino.- (1959).- Summa Teológica” Capítulo. Del Origern de las Criaturas. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid. La Editorial Católica S.A. España. 496 y ss.

[11] Platón (1981).- “Fedón o de la Inmortalidad del Alma” Editorial Espasa-Calpe. S.A. Madrid, España. 31 y ss.

[12] Apología 50.

[13]  Platón (1980).- Fedón o de la Inmortalidad del alma”  Obras Completas. Universidad Central de Venezuela. Traducción de J. D. García Bacca. Diálogos escogidos. (65b): 304

[14]

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