Las Joyas del Orituco: Negros Pintaos-Parranda de Negros-Negros de Plaza

Share Button
F-02570-Osvaldo-Romero-Parranda-Los-Romeros-Altagracia-de-Orituco-Guarico-junio-1984-EAOQ

F-02570-Osvaldo-Romero-Parranda-Los-Romeros-Altagracia-de-Orituco-Guarico-junio-1984-EAOQ

Enrique Antonio Ordosgoitti Quintana

(Caraqueño (1938-1995), Profesor de Música Popular Venezolana. Realizó trabajos de investigación sobre: Música y tradiciones del Estado Sucre, Diablos de Yare en el Estado Miranda; Tambores de la Costa en el Estado Falcón, Negros de Plaza en el Orituco, Carriceros de Guaribe y Quimbangano del Orituco en el Estado Guárico, Tamunangue y Movimiento Cultural Los Arangues en el Estado Lara).

(Publicado en la Revista Bigott (Venezuela) 21: 35-43, enero-marzo 1992)

Si desea descargar este Artículo en pdf:

Joyas-del-Orituco-Parranda-de-Negros-Ordosgoitti-Quintana-Enrique-Antonio

 Si desea obtener más información sobre Fiestas, por favor marcar el siguiente link: (ciscuve.org/?cat=41)

El artículo señala la posición de los Valles de Orituco como lugares de encuentro cultural de elementos provenientes del norte del país, antes que de las regiones llaneras. Se describen las particularidades musicales y danzarias de las llamadas Parranda de Negros, haciendo particular énfasis en la descripción de la Agrupación que la lleva a cabo y en los aspectos musicales más resaltantes: las Mariselas y Guarañas. De igual manera se destacan algunas variantes tanto de la composición de la Agrupación, como de los aspectos musicales. Finalmente el artículo cierra entregando las transcripciones musicales de algunas Mariselas y Guarañas, realizadas por el Autor, especialmente para este número de la Revista Bigott. Hoy le estamos agregando Fotos del Archivo del Autor, tomadas en Altagracia de Orituco, Guárico entre junio y julio de 1984. En el pie de foto destacamos su autoría con las siglas: EAOQ (Enrique Antonio Ordosgoitti Quintana)

 

Con poca frecuencia encontramos tanta variedad de nombres para describir la misma cosa; que en esta oportunidad se trata de una de de la más bella y singular manifestación folklórica de Venezuela.

Debo disculparme anticipadamente, por lo que puede considerarse una introducción prolongada antes de entrar de lleno en el trabajo propiamente dicho. Este hecho lo considero de mucha importancia para las generaciones recientes así como para las venideras, que podrán hallar en este inicio, datos valiosos para posteriores estudios.

Con frecuencia se piensa que por ser el Orituco cabecera de los llanos centrales, ha mantenido desde muy antaño las costumbres y tradiciones que le son comunes a esa región. Esto, realmente, dista mucho de la realidad. El Orituco fue hasta muy recientemente una zona de transición cultural, con mayor influencia noroccidental que de las planicies sureñas. Es por eso que a pesar de la fuerte y mantenida intromisión de los medios de comunicación, aún se conservan raíces del pasado. Estas raíces están representadas por arpas al estilo mirandino-aragüeño; tambores ejecutados a semejanza de la costa y bailes en que se aprecian vestigios del joropo central. Las comunidades de San Francisco de Macaira, Sabana Grande y San José de Guaribe, son más que elocuentes en este sentido. Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que, no antes de la década del cincuenta del presente siglo y gracias a la enorme popularidad alcanzada por la música del ilustre apureño Juan Vicente Torrealba, los pueblos del Orituco mantuvieron costumbres, en cuanto a lo musical, bastante alejadas del llanerismo que hoy exhibe.

Introducción. 

Grande era mi confusión por aquellos días -más de veinte años ya transcurridos- cuando me encontraba al gran guaribeño, Oscar Rojas, el Negro, quien me pedía que lo acompañara con el cuatro a cantar Negro por las calles de Machurucuto. Unos días después visitaba El Palmar, donde escuchaba de los labios del siempre recordado Rosalino Rosa: “Caracha chico, te perdiste esa tronco e’ parranda el día del Carmen!”. Y en Altagracia, al encontrarme con Pablo Arocha y oírle: “No gile hermano, este año los Negros de Plaza sí que salieron buenos!”.

 

Promediando los años setenta, conjuntamente con el crecimiento de los lazos de amistad, me aguijoneaban las raíces consanguíneas que tengo en el pueblo orituqueño para emprender un estudio de su medio. Fue as’ como inicié un largo peregrinar por sus caminos. Anhelaba realmente conocerlo.

 

Comencé por plantear en un cuadro las características que me eran más o menos conocidas, a fin de establecer un orden de prioridades. Este fue el resultado: Su alimentación no me extrañaba, la había aprendido desde que abrí los ojos, a través de mi abuela materna y de mi madre. Su vestimenta,  tiempo hacía de haber perdido originalidad, si es que alguna vez la tuvo. Sus costumbres, no lo distinguían en gran manera del resto de la geografía venezolana, además de serme obviamente familiares. Su lenguaje, en parte me era propio y de práctica diaria. Me convencí al momento de mi ignorancia: !desconocía su alma!

 

El alma de los pueblos muestra dos caras francamente inconfundibles: cuando cantan y cuando lloran. Dejaremos la segunda a un lado. La gente del Orituco canta cotidianamente. Canta en su conversación  rítmica, grave y alegre. Canta en sus “dichos”, refranes que por centurias se han transmitido de padre a hijo, marcando la pauta de conducta y  sabiduría. Canta en el trabajo el poblador de las montañas cuando siembra, limpia o cosecha; el del valle, al arriar u ordeñar. El mismo río canta en su descenso desde la cordillera y prodiga su alegría a su paso por las tierras llanas. San José nos deja oir melodiosos carrizos; San Francisco, arpa de acento mirandino; Sabana grande, Mariselas y Guarañas; Lezama, tambor negro, recio; San Rafael y Altagracia toman un poco de cada uno de los otros, lo sazonan con su gracia y habilidad, para mostrarlo después finamente acabado. Tomando en cuenta que el Orituco es una de las más pintorescas entradas al llano, que se asienta al pie de monte sur de la cordillera de la costa, no es de extrañar que mezcle tan diversos elementos culturales.

 

Parranda de Negros, Mariselas y Guarañas.

Antes de dar comienzo a este corto esbozo de lo que constituye la gran fiesta orituqueña, debo aclarar algunos puntos que tienden a crear confusión.  La Parranda de Negros, Negros Pintaos o Negros de Plaza, es una agrupación que se crea en vísperas de algunas fiestas del calendario onomástico de la Iglesia Católica. Esta parranda, compuesta por muy variable número de individuos, interpreta piezas musicales de ritmo muy peculiar, llamadas Cantos de Negros y que sus practicantes denominan Mariselas y Guarañas. Por otra parte, la división del Canto de Negros en  Mariselas y Guarañas, obedece casi por completo a su aspecto lírico, ya que en su aspecto musical poco se diferencian.

 

A comienzos de la década pasada, desaparece dejando un hondo vacío en el ámbito de la cultura popular, Juan María Romero. Más de ochenta años de tránsito por Joropos, Fulías, Luceros, Décimas, Mariselas y Guarañas, se enrumbaron al más allá. Por fortuna, no todo fue cantar para el ilustre gracitano; una numerosa y entusiasta prole quedó para dar testimonio y continuar sus inquietudes en pro de la expresión anímica de su terruño. Para suerte mía, el veinticuatro de junio del ochenta y cuatro, tuve el primer contacto con sus hijos. Esta familia folklorista no constituía la primera agrupación de su género con la que me encontraba, pero sí la más importante hasta ese momento para penetrar seriamente en la investigación sobre los Negros Pintaos, dado el caso de su larga tradición y la voluminosa información que me dieron.

 

El dieciséis de julio del mismo año ochenta y cuatro, conocí la Parranda de Pueblo Nuevo. Este grupo dirigido por Alejandro Abreu y secundado por Juan Bautista Ramos, vino a constituir el segundo gran hallazgo. Las características del mismo, sobre todo en lo musical, me permitieron contar en adelante con abundantes elementos de juicio para el estudio.

 

Desde el pasado colonial y hasta muy avanzado este siglo, el músico y en general todo artista popular, fue visto por nuestra sociedad con una óptica errada. Se desestimaba su valor y era tomado como un paria que representaba los más bajos peldaños de la escala humana. Este fue el obstáculo principal para que infinidad de manifestaciones de extracción humilde, se perdieran en la noche del tiempo o retardaran su aparición en el escenario de la popularidad. Tal es el caso de la hermosa muestra orituqueña.

 

La Agrupación.

Composición.

La Parranda de Negros, Negros de Plaza o Negros Pintaos, la forman regularmente individuos de una misma comunidad. Tiene un núcleo principal representado por los dos Negros y la Negra, complementados por tres músicos; estos son, un cuatrista, un tamborero y un maraquero. A partir de esta agrupación básica se producen algunas variaciones, tanto en número como en funciones, creando diversidad de modelos.

 

Funciones.

Alternándose a lo largo de las interpretaciones, los dos Negros son los encargados del canto. A estos se une en la mitad o final del coro o estribillo la voz de la Negra. La Negra, es el personaje central del grupo y a su vez el único que baila, vale la pena recalcar este hecho porque en ocasiones, la carencia de datos impulsó a algunos autores a hablar de Baile de los Pintaos. La Negra con su zapateo exagerado y gracioso debe atraer la atención de la concurrencia. En gran medida, el éxito de la parranda, sin desestimar el aporte valioso del resto de los componentes, está sujeto a la simpatía y comicidad de la negra. Los músicos, además de la ejecución de sus instrumentos, indagan los nombres de los espectadores y muy discretamente se los transmiten a los cantores para que estos improvisen sobre los mismos.

 

Vestuario. 

Vistosos gorros confeccionados con cartón y papeles de seda, trocitos de espejo y multicolores cintas engalanan las cabezas de los negros. Muchos de estos orgullosos intérpretes, han lucido el mismo gorro por incontables años, demostrando en este hecho la alta estima que le dan. Parece ser que antiguamente uno de los cantadores, el que hacía de capitán de la agrupación, complementaba su arreglo con un adornado machete tallado en madera. Hoy es raro encontrar una parranda con tal elemento.  Un sombrero de paja, largas crinejas, vestido de mujer con amplia falda, senos postizos y maquillaje facial abundante, constituye el atuendo de la negra. Los músicos visten de forma regular, corriente.

 

Curiosidad.

La casi totalidad de los conjuntos, llevan consigo un pequeño animalito tallado en madera que hace de símbolo o amuleto. Con regularidad observé conejos, tortugas y al más popular de todos: el cachicamo. Su tamaño está entre diez y quince centímetros. Este elemento cumple una función muy importante, pues a la llegada a una casa, al final de la Marisela, le es entregado al dueño para que le sea devuelto con el tradicional regalo.

 

Aspectos Musicales.

Tanto la Marisela como la Guaraña se tocan en tiempos binarios. Las ejecutan con aires de danzas o merengues; muy variables en su acento, de acuerdo con la dificultad de la melodía para el canto, o el estado anímico de los músicos. Sin embargo, es de notar que la  Guaraña, dado su carácter nostálgico, la componen preferiblemente en tonalidades menores. Las voces (cuando las circunstancias lo permiten) y según las denominan sus intérpretes son: alta y baja para los dos Negros, “farsa” para la Negra. Estas corresponden, a tenor, barítono y falsete. El cuatro mantiene el ritmo en base a rasgueos muy variados. El tambor sigue al cuatro y se adorna con repiques espaciados marcados por la melodía. Las maracas sostienen un ritmo muy libre, adaptado a la habilidad del ejecutante.

 

Hasta el momento hemos descrito de manera somera la agrupación fundamental. A continuación veremos algunas modificaciones.

 

Variantes.

Al igual que otras manifestaciones populares, los conjuntos de Negros de Plaza, no siguen un patrón. La necesidad para su conformación, la habilidad de sus integrantes, el deseo de sobresalir, o el simple interés modificador, riñen con la constancia. Otros factores que no podemos olvidar, porque de una manera u otra influyen en la dinámica de éste, están representados por el grado de cultura académica de sus practicantes y la transculturación diaria como producto del amplio alcance de los medios de comunicación masivos. Los ejemplos abundan cuando revisamos recopilaciones recientes; en ellas es notorio el parecido melódico de algunas piezas con la música de otros países, llegando en casos a variar la estructura tradicional.

 

En la oportunidad en que conocí a los ya mencionados Romero, atrajo mi atención algunas particularidades. La primera, fue la aparición de un integrante extra. Un séptimo personaje portando un polícromo estandarte, representando las banderas latinoamericanas, según la expresión de Osvaldo Romero Santaella, Director del grupo. Otra, fue la utilización de una especie de uniforme, compuesto por camisas de diversos colores, semejante a la guayabera cubana, pero confeccionadas todas al mismo estilo. Por último, el hecho, muy significativo, de que la mayoría de sus componentes son profesionales que ejercen en ciudades distintas de Altagracia, a la que regresan en cada oportunidad a vivir su cultura tradicional. Cabe destacar el caso de Levi, un oficial superior de nuestra Fuerza Aérea, que ejecuta el cuatro en la parranda familiar.

 

En ocasiones el grupo aumenta también con la inclusión de la típica bandola. Esta rareza la constaté el 16 de julio del ochenta y tres encontrándome en la hacienda El Palmar. Pero más comúnmente la parranda merma. Es frecuente encontrar a uno o los dos Negros, que además del canto, ofrecen su habilidad de músicos instrumentistas. Como ejemplo tenemos el conjunto de Pueblo Nuevo, en que Alejandro Abreu, diestro ejecutante del cuatro, es a la vez un ingenioso cantor.

 

Muchas fueron las veces en que llegué a encontrarme recorriendo las calles de Sabana Grande o Paso Real, parrandas sin su personaje principal, la Negra. Finalmente, existen los Cantadores de Negro, en el cual dos amigos con la sola compañía de un cuatro, visitan a sus vecinos en los días festivos, regalándoles la alegría de las joyas orituqueñas.

 

La variante más  extraordinaria es la agrupación de sólo mujeres, o la muy famosa en Altagracia, del barrio de Peña e’ Mota, en que los Negros los interpretan dos damas, dejando el personaje de Negra a un caballero. De estas últimas no puedo agregar gran cosa, ya que me fue informada su existencia por personas de gran credibilidad, pero sin poderlas constatar de mi parte.

 

Singularidad.

La Parranda de Negros Pintaos tiene dos peculiaridades que la separan notablemente de la mayoría de manifestaciones festivas populares del país. La primera que se observa es que, a pesar de hacerse pública en onomásticos de la Iglesia Católica, no cumple con ningún rito religioso. La otra viene dada en que, no obstante los nombres que recibe, en que pareciera originarse por individuos de ascendencia africana, el hecho mismo de que sus celebrantes se pinten la cara con sustancias obscuras, inclina a pensar que fue iniciada por blancos o mestizos, como burla o respuesta de otra propiamente de negros. Espero que con el tiempo, investigadores más sagaces que yo, confirmen tal teoría o la desmientan plenamente con argumentos de suficiente claridad. En ambos casos me sentiré muy feliz, ya que significará la elaboración de un trabajo sobre un escenario que por mucho tiempo transité y en que tanto empeño puse.

 

La Escena.

Quién no goza mi parranda

en la noche sanjuanera;

levantando mi folklor

defendiendo mi bandera.

 

Bellos versos de una Guaraña, fruto inconfundible del pensamiento claro y el encendido nacionalismo de Magín Martínez Romero. Mucha razón tenía Ruperto Mendoza al expresar que Mariselas y Guarañas las canta cualquiera, lo difícil es hacerlo con gracia y sentido. Las dos cosas sobran en la cuarteta del catire de Arenita.

 

Con la Marisela se entra y con la Guaraña se sale. Así reza el refrán; así se hace en la práctica. Con la Marisela se pide abrir la puerta, si está cerrada; o se solicita el permiso para pasar si está abierta. Con la Marisela se saluda al cabeza de familia y se adula a la dueña de casa; se florea a la joven que engalana el hogar y  se loa al resto de los presentes.

 

A mí me llaman el tigre,

el de pinta menudita;

yo soy el que me enamoro

de las muchachas bonitas.

 

Zamuro no come hueso

porque no carga serrucho;

voy a pará mi guitarra,

lo bueno no pué sé mucho.

 

Después de la Marisela vienen los saludos formales. De alguna parte sale una botella que olvidó “el viejo” la última vez que llegó “jumo”, se brinda y se dan las gracias mutuamente.

 

Yo no le voy a pedir

nada de particular;

le regalo mi guaraña,

bien la pueda disfrutar.

 

Los músicos han vuelto a tomar sus instrumentos. La Negra se acomoda el vestido y los postizos. El dueño de la casa les devuelve el animalito tallado que con anterioridad le habían entregado, acompañándolo de algún billetico bien doblado o alguna botellita de espirituoso líquido. Comienza la Guaraña. Los versos no son tan alegres como a la llegada, el ritmo es más cadencioso. Es la despedida.

 

Tanto la Marisela como la Guaraña se cantan en versos octosilábicos y normalmente se riman el segundo y cuarto verso de cada estrofa. Los cantores se alternan y en las piezas que llamaremos regulares, las intervenciones de cada uno son separadas por el estribillo en que ambos unen sus voces e interviene el falsete de la Negra. A esta parte le sucede otra  instrumental, que la Negra sazona con un exagerado zapateo y muecas dirigidas a provocar un alud de risas, carcajadas y aplausos de los presentes. Otra forma se establece por la repetición de los dos últimos versos de la cuarteta y que agregándole algunos tañidos se convierte en el estribillo.

 

Una variante la encontramos en las Mariselas y Guarañas llamadas compartidas. En estas piezas la estrofa original es dividida, correspondiendo a cada cantor dos versos. El primero de los Negros abrirá y el segundo concluirá, el que a su vez, iniciará la siguiente. Sobra decirles que la interpretación de esta modalidad, dificulta en grado sumo lo ya escabroso del Canto de Negros. Para el que le corresponde completar, no sólo tiene que ceñirse a la rima impuesta por el primero, sino que habrá de concluir con sentido lógico lo que el otro comenzó. En prueba de ello, guardo con celoso cuidado dos muestras que grabé en julio del ochenta y cinco, en casa de la familia de Francisco Fernández, a quien por otra parte, cuento entre las mejores “Negras” que he tenido la dicha de observar.

 

Fechas.

Como expuse en otro párrafo, el Canto de Negro lo practican sus cultores en cualquiera oportunidad. Los Negros de Plaza, Negros Pintaos o la Parranda de Negros tiene sus días exclusivos, ellos son: onomástico de San Juan Bautista (principal), la Virgen del Carmen, San Pedro y San Pablo, las Marías y Santa Rosa.

 

Orígenes.

Como en la mayoría de nuestras manifestaciones populares, resulta infructuoso buscar su nacimiento. El caso que nos ocupa es un ejemplo tan patético de esa realidad, que ni siquiera podemos indicar una antigüedad determinada. Algunas personas de forma oral, han manifestado la posibilidad de que el Canto de Negro diera sus primeros pasos, en una localidad distinta a cualquiera de las que en hoy se practica. A tal efecto han sugerido entre otras, la ciudad de Ocumare del Tuy, o los límites norteños del actual Guárico con Miranda. En honor a la verdad, debo decir que he rastreado estas zonas en busca de elementos que confirmen la teoría, sin obtener el más mínimo indicio positivo. Toda la información recabada al respecto la he obtenido en fuentes internas del antiguo Distrito Monagas, suficientemente alejadas de sus linderos máximos.

 

Agradecimiento.

No quiero dar por terminado este trabajo sin expresar mis más sinceras gracias a las personas que no siendo protagonistas del mismo, colaboraron de manera espontánea e hicieron posible su culminación: Familia Rosa Romero, familia Itriago, Profesora Eugenia de Tovar, Profesora Petra Mendoza, Profesores Vanezca y Toro, Sr. Rosendo Itriago y Sra., familia Aponte y Distrito Educativo. Por supuesto, no sería justo dejar de mencionar a toda la inmensa comunidad del Orituco, maravilloso ejemplo de ciudadanía y civismo.

 

Nota Final.

A continuación transcribo una Marisela y una Guaraña. La Marisela es de corte moderno, la cual recopilé de la parranda de Pueblo Nuevo interpretada por Alejandro Abreu y Juan Ramos en casa de la familia Fernández en el año ochenta y cuatro. La Guaraña pertenece al modelo más tradicional y está interpretada por los Romero, en las voces de Osvaldo y Magín.

 

Share Button

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

7 − cinco =