Muerte, Más Allá, Mito y Misterio. Con una voz mínima.

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Enrique Alí González Ordosgoitti.-Muerte, Más Allá, Mito y Misterio. Con una voz mínima.

EAGO-08.09.12-5

Enrique Alí González Ordosgoitti.

(Sociólogo, Doctor en Ciencias Sociales, Profesor Titular de la UCV, de la Facultad de Teología de la UCAB, del Instituto de Teología para Religiosos-ITER, del CEJ y de la SVAJ, Coordinador del Sistema de Líneas de Investigación (SiLI) sobre Sociología, Cultura, Historia, Etnia, Religión y Territorio en América Latina La Grande y Coordinador General desde 1991 de la ONG Centro de Investigaciones Socioculturales de Venezuela-CISCUVE, ciscuve.org/web; ciscuve@gmail.com; @ciscuve, ciscuve-Facebook)

(Publicado en la Revista Familia Cristiana Digital, Año 29, Nro. 20, Noviembre 2010. (www.familiacristiana.org.ve)

 

                    La Dirección de la Revista Familia Cristiana Digital, de la Congregación de los Hermanos Paulinos, nos ha pedido que hiciéramos un breve trabajo acerca de algunos de los principales elementos que conforman el hecho religioso, exigencia que viene con el problema de cómo seleccionar aquellos que pudiésemos considerar más importantes cuando cada uno en verdad lo es y resultaría igual de significativo. Por saber que sólo se trata de un ejercicio que contará con la benevolencia del Editor, hemos escogido al azar hablar de cuatro de ellos: la muerte, la existencia del más allá, mito y el sentido del misterio.

 

Sobre la Muerte

                    Hemos querido comenzar a disertar, debido a que es una de las primeras convicciones de lo inevitable a que arriba el hombre. Para la muerte no hay escapatoria, ni distracción, ni diferimiento permanente posible, la muerte es algo seguro. La muerte al principio del camino de hominización, tanto para el homo nerdenthal como para el homo sapiens se debe haber presentado como una despedida brusca de un ser querido, un cambio cualitativo no explicable conceptualmente pero si vivido en toda su intensidad. El cuerpo inerte seguía estando presente, pero ya no repetía todos los signos, señales y símbolos a los que tenía acostumbrado a su grupo de pertenencia. El cuerpo seguía ahí, pero algo se había ido. Los primeros homínidos se dieron cuenta del cambio, pero no estaban biológicamente preparados para aceptarlo, debieron comenzar a crear una armazón cultural para comprender lo sucedido. La muerte física se presenta en toda su fuerza como carencia, ausencia, lejanía de algo amado. Seguramente fue el comienzo de un sentimiento de dolor no atribuible a un daño físico del que sufre, aparece el dolor interno por la despedida del ser amado. Comenzaron a revolverse cosas, sentimientos, pensamientos difusos en el interior de los primeros homínidos. Una reacción medianamente temprana debió haber sido negarse a aceptar pasivamente la partida del ser amado, para evitarlo se recurre a proteger su cuerpo muerto de las fieras, evitar que lo despedazarán y lo reciclarán ecológicamente: se inventa el entierro humano de los muertos a partir de la segura convicción, que algo de la vida quedaba en la existencia física del cuerpo de la persona amada. Se inicia el camino del pensamiento funerario. El vivo se considera religado al muerto a partir de la preservación del cadáver. El hombre se siente religado a algo que aunque un día fue igual a él, hoy se sabe distinto pero sin embargo se busca el seguir religado, surge –como uno de sus tantos caminos iniciales- la religión. Se expande la noción de utilidad de la memoria colectiva, de la necesidad de memorizar los cotos de caza, los bancos de peces, los mejores terrenos para las huertas familiares y comunitarias, se le agrega ahora la memoria para honrar a los muertos, asegurando así las vinculaciones del clan o la tribu con los antepasados. Desde los enterramientos y el culto a los muertos, la religión se inventa para vencer a la muerte y ampliar el uso social de la memoria colectiva.

 

Pero el culto a los muertos nos conduce al Más Allá

                    Pues sólo se puede rendir culto a la vida, a lo que existe, a lo que estamos convencidos de que posee algún tipo de existencia, así sea distinta a la nuestra, pues de lo contrario sería pensar que se puede dar culto a la nada, a la inexistencia, al vacío. De ahí que el culto a los muertos atestigua a su vez la existencia de otro tipo de vida, que nos anuncia dos universos o un universo dividido en dos: el de acá; donde estamos los que rendimos el culto y el de allá; donde están quienes son objeto de nuestro culto. Se consolida la idea de “un más allá” y de “un más acá”, toda religión considera esencial la existencia de varias dimensiones del universo y con ellas la ampliación del horizonte de lo que hay que comprender por vida. Surgirán por supuesto numerosas proposiciones acerca de la partición del universo y acerca de las relaciones entre esas partes, pero de lo que no habrá duda será de la existencia de dimensiones de lo real cualitativamente distintas.

 

                    Ese más allá, traerá consuelo pues se sabe que las personas amadas ausentes se encuentran en algún lugar, en donde un día nos volveremos a reunir. Pero ese más allá traerá aparejado asombro, desconcierto ante lo desconocido y con ello la necesidad tanto de aplacarlo, domesticarlo, como de comprenderlo. De la necesidad de congraciarse con ese más allá darán cuenta los ritos propiciatorios, los de agradecimiento, los de obediencia. De la necesidad de comprenderlo surgirán innumerables teorías acerca de la conformación del más allá, guiadas por la inevitable analogía con lo que acontece en el más acá, pues sólo podemos enfrentarnos a lo desconocido con lo conocido, como diría Kant, todo conocimiento ha sido en algún momento experiencia. ¿Cómo está conformado el más allá, cuáles son sus reglas de funcionamiento? ¿Quiénes los seres que lo pueblan y cómo se relacionan entre sí y con nosotros los del más acá?

 

Se inician los Mitos

                    Como intentos organizados del pensamiento para intentar expresar la lógica de las relaciones, tanto del más allá consigo mismo, como del más allá con el más acá. Estos intentos estarán en el origen de las principales cimas que se han alcanzado con el pensamiento abstracto. Se elaboran construcciones monumentales del pensamiento humano, tanto en sociedades sin dominio de la escritura como en las que si disponen de la misma. Y los mitos configurarán en la memoria de los pueblos las explicaciones sobre sus orígenes más remotos, sus principales héroes culturales, sus grandes conquistas culturales como el dominio del fuego, las habilidades para la caza, la agricultura, la adquisición de la lengua. El mito entendido como palabra creadora no tanto de significados sino de símbolos, por eso los mitos no pueden ser comprendidos por un intelecto que los disecciona para no entenderlos y acusarlos de falsedad, de significados irreales. El mito como creador de símbolos, cuya etimología de partes reunidas calza a perfección, pues se trata del mito como un símbolo cuya primera mitad que proviene de los tiempos originales, se une con la segunda mitad que viene del compromiso afectivo-vivencial que le incorpora el sujeto que lo lee o que lo escucha en cada ahora en que acontece la lectura o representación del mito. Habrá algunos mitos cuyo poder evocador de las principales energías espirituales de la comunidad es tal, que la misma se organiza en espacios y tiempos prefijados no sólo para releer el mito, sino para representarlo, hacerlo vívido, surgiendo así el rito, como actualización del mito.

 

                    Pero la muerte, el más allá y el mito ¿sobre que descansan?

 

Sobre el Misterio

                    Ese saber inalcanzable a los seres humanos quienes a pesar de eso, empeñan su vida para tratar de conocerlo. El Misterio que nunca se llega a conocer, a domesticar y que siempre es la presencia de lo radicalmente otro, lo que nunca seré yo, lo que estamos seguro nos precedió y nos proseguirá, lo que nos trasciende y a su vez nos indica que si lo seguimos también podremos estar en el sendero de la trascendencia. Esto radicalmente otro es el ámbito en donde se desenvuelve la muerte, es el universo con su más allá y su más acá que nos toca, es lo que trata de decirnos el mito, tres de las muchas maneras en que se nos muestra la existencia del misterio. Misterio que construye su casa a sus anchas en el hecho religioso, en todas las religiones expresará de manera diversa su unidad. Los fenómenos religiosos aún siendo múltiples en cuanto formas, son únicos en cuanto a la presencia del misterio, lo irreductiblemente otro. Aquella parte de la naturaleza que nos conforma en secreto, que es capaz no sólo de decirnos que está allí, sino lo más sobrecogedor, que estamos allí, debajo y con el misterio, de lo único que nos trasciende y que no podríamos dudar de su existencia así quisiéramos. Pues podemos dudar de la existencia de Dios según sea la religión a la cual nos refiramos, pero no podemos dudar acerca de la existencia del misterio, lo siempre inevitablemente otro. Extrapolando a San Agustín y a Mahoma, podríamos decir que el Misterio está más cerca de nosotros, que nuestra propia yugular.

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